
Nunca me gustaste: ni como amigo, ni como hombre, ni como persona, ni como nada. Tú, lejos de fascinarme o causarme curiosidad, me inquietabas y para mal. Había algo de perverso y maligno en ti; sin embargo, lo que más escozor me producía era tu abrumadora soledad que te acompañaba como un fantasma triste y melancólico por todas partes.
Te veía y era capaz de palpar tu desolación y eso me conmovía. Por eso aceptaba acompañarte al mirador a estudiar.
Llevabas tus mil libros de medicina y yo mi música. Te sentabas en una esquina del banco de siempre y yo ocupaba el resto, con mi cabeza en tus piernas y mi cabello como un manto desordenado caía sin ataduras sobre ellas. En esos únicos momentos, no sentía tu soledad, que de repente se había llenado de luz. Dejabas de ser perverso y maligno y eras casi dulce, casi tierno, casi desvalido.
Pero todo el infierno volvía cuando apoyabas tu mano sobre mi cabeza e impartías la orden: ”Volvamos a casa”. Yo obedecía, no por buena educación, sino porque sentía el fatal peso de tus abismos y quedaba totalmente vencida.
Te repito que nunca me gustaste, solo esas contadas veces cuando en el banco del mirador te volvías otra persona, desprovista de maldad que, lamentablemente, siempre supe innata.
Datos de interés:
Podéis ver más trabajos de Lady Smirnoff en su página web:





