El banco, por Lady Smirnoff

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El banco - Lady Smirnoff

Nunca me gustaste: ni como amigo, ni como hombre, ni como persona, ni como nada. Tú, lejos de fascinarme o causarme curiosidad, me inquietabas y para mal. Había algo de perverso y maligno en ti; sin embargo, lo que más escozor me producía era tu abrumadora soledad que te acompañaba como un fantasma triste y melancólico por todas partes.

Te veía y era capaz de palpar tu desolación y eso me conmovía. Por eso aceptaba acompañarte al mirador a estudiar.

Llevabas tus mil libros de medicina y yo mi música. Te sentabas en una esquina del banco de siempre y yo ocupaba el resto, con mi cabeza en tus piernas y mi cabello como un manto desordenado caía sin ataduras sobre ellas. En esos únicos momentos, no sentía tu soledad, que de repente se había llenado de luz. Dejabas de ser perverso y maligno y eras casi dulce, casi tierno, casi desvalido.

Pero todo  el infierno volvía cuando apoyabas tu mano sobre mi cabeza e impartías la orden: ”Volvamos a casa”. Yo obedecía, no por buena educación, sino porque sentía el fatal peso de tus abismos y quedaba totalmente vencida.

Te repito que nunca me gustaste, solo esas contadas veces cuando en el banco del mirador te volvías otra persona, desprovista de maldad que, lamentablemente, siempre supe innata.

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Kinestesia, por Lady Smirnoff

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Kinestesia - Lady Smirnoff

Desde lejos se percibe su desorden, su genio y el alma de nostalgia que lleva escondida en la risa. Entre el ruido y la gente la ve. Desde lejos, incluso, se percibe su orden, su seriedad y el alma edulcorada que lleva escondida en la mirada.

Ella parpadea lentamente. El chico se acerca con su desorden, genio y nostalgia. Cuando están frente a frente, él le retira con delicadeza el cabello de los hombros. Esconde sin permiso su cabeza y la fiesta de sus rizos en el hombro de la muchacha. Los brazos, apresan la cintura, la espalda. Al principio es un abrazo tierno. Después amolda mejor su cuerpo y se pega completamente al de ella. Ese abrazo, ya no tierno, ya no tímido, es más bien necesitado, urgente. Se entierra literalmente en el cuerpo ajeno y ella sólo atina a acariciarle la espalda con cierta firmeza. Que la sienta y que tal vez sienta también su ternura.

La chica respira hondo y él se separa, lento, silente. Es entonces cuando ella lo imita y entierra a su vez la cabeza en su hombro y se queda detenida en el hueco cálido que se forma entre el cuello y ese hombro.

Antonio, salido de la nada, aplaude. La chica se separa del muchacho y se da la vuelta, sonrojada. ‘’Linda pareja’’, dice Antonio, irónico, lo que delata su envidia. ‘’Hay mucha paz entre ustedes’’, continúa con un tono más letal aún. El muchacho sonríe una media sonrisa. Antonio finaliza con una imagen bucólica: ‘’Me los imagino en el campo’’ y el chico replica un ‘’sí, sí, entre ovejas y vacas’’ y hace una reverencia, a modo de burla, propia de su genio. Antonio lo ve alejarse y cuando ya lo pierde de vista, se acerca a la chica. ‘’¿Vamos?’’. Ella levanta la mirada y toma sin ganas la mano de Antonio. Se abren paso entre la gente, el ruido, la noche.

Ambos se quedan minutos detenidos por la muchedumbre que atesta el lugar. En medio de aquella congestión, ella siente como lleva aquel abrazo urgente y necesitado aún pegado al cuerpo. Se da la vuelta suavemente y ve al chico mirándola desde lejos. Percibe su desorden, su genio, su alma de nostalgia que lleva escondida en la risa. Él sonríe complacido, ella atina a devolverle la sonrisa, antes de irse del todo, de la mano de Antonio que la obliga a seguirlo. Baja la vista y lo sigue, como siempre, desde que se conocieron.

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La parte del trato, por Lady Smirnoff

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La parte del trato - Lady Smirnoff

La primera bala impacta en el vidrio trasero del auto y hace estallar el parietal izquierdo del chico. El auto se detiene en seco y viene el primer grito de terror de la chica, junto con las lágrimas y el desespero.

La segunda bala impacta, en cuestión de segundos, unos pocos centímetros más abajo que la primera y el chico finalmente se desploma sobre el blanco vestido de novia y la sangre tiñe el bouquet de blancas y perfumadas rosas.

La chica ya no grita: aúlla. Trata de contener la hemorragia que produjeron las balas. Todo el asiento trasero queda cubierto por la sangre, el olor a pólvora y los restos de lo que fue la cabeza de su amado. La chica observa con estupor sus manos ensangrentadas y a través de la ventana del auto, observa también a los atacantes. Son tres los hombres, todos con lentes oscuros: el chofer, el copiloto y en el asiento de atrás el que tiene el revólver, quien le sonríe socarronamente. Los aullidos de la chica se mezclan más aún con su propio llanto al tiempo que escucha al hombre del revólver decir: ‘’Mi sentido pésame, damita’’.

El auto con los tres hombres huye veloz por la autopista, mientras que en el otro auto continúa la tragedia. El chofer hace acopio de fuerzas para reponerse del impacto e intentar sacar del auto, sin éxito, a la chica, quien se aferra al cuerpo sin vida del muchacho: ´´Rodrigo, reacciona, por favor´´ le dice la chica al oído.

Mientras, en el gran salón de recepciones del hotel, la noticia del asesinato llega de golpe. Los murmullos, gritos y llantos de los 125 invitados se entrelazan unos con otros. Solo uno permanece incólume: la mano izquierda sostiene la copa de champagne mientras que con la derecha sostiene el celular para leer por segunda vez el mensaje de texto en su celular: ´´Misión cumplida. Fueron dos las balas. No hubo necesidad de más´´.

Entre al caos que reina en el salón, nadie nota cuando él se levanta de la silla, alza la copa y brinda: ´´A tu salud, damita. Cumplí con mi parte del trato. Si no eres mía, nunca lo serás de nadie´´ y bebe a sorbos el champagne, para después perderse, con el disimulo y la discreción que siempre lo han caracterizado, entre los invitados en el salón.

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Recuerdos exactos, por Lady Smirnoff

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Recuerdos exactos - Lady Smirnoff

Son las seis de la mañana. La mamá entra a la habitación para levantar a las niñas. Es hora de prepararse para ir al colegio. Hace frío.

La mamá se inclina sobre la cama de la más pequeña, la arropa entre las cobijas y la lleva en brazos a la cocina.

La abuela está junto a las hornillas, colando café. A medida que la mamá se acerca, el dulce aroma va despertando a la niña.

”Mira quien está aquí”, dice la mamá y aprieta contra sí a la nena, al tiempo que la mima. La niña bosteza y sonríe. ”Bela”, balbucea entre la bruma del sueño. ”Ratón”, dice la abuela y sirve tres tazas de café: sin azúcar para ella, con una para la hija y con dos para la nieta.

Este es el recuerdo más exacto que guardo de mis cuatro años…

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Fuimos un árbol, por Lady Smirnoff

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Una pregunta me remite a un recuerdo, no muy lejano, de instantes felices. ”¿Por qué los pajarillos aparecen de repente, cada vez que estás cerca?”.

Llevé a Max una vez al árbol musical que estaba en Plaza Morelos. Lo había descubierto por error, una tarde de intenso calor. Me refugié bajo sus generosas ramas y al instante me quedé abismada por la cantidad de pajaritos que cantaban, ajenos al ruido ensordecedor de mi ciudad.

Para que compartiera el tesoro que había descubierto, busqué a Max y lo dejé parado debajo del árbol, mientras yo me sofocaba lentamente bajo el sol. Los pajaritos se negaron a cantar para él ese día, así que tuvimos que volver varias veces más, para que ocurriera de nuevo el milagro. Él siempre se quedaba parado solo bajo el árbol, yo a varios pasos de distancia, vigilante, expectante.

La última vez que lo intentamos, Max siguió el ritual, pero esta vez me tomó de la mano y no me soltó. Nos quedamos parados, en silencio, con los ojos cerrados. Comenzó el concierto pajaril. Max abrió los ojos y susurró en mi oído: ”¿por qué los pajarillos aparecen de repente, cada vez que estás cerca?”. Me dio risa su español tan castizo y entre carcajadas tiernas, le dije: ”porque probablemente llevo por dentro la misma melodía”.

Datos sobre la foto y el autor:

Escritora y fotógrafa en ciernes. Llevo un blog para pasar el rato.

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