Recuerdos lucenses III, por Nikogogol

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Recuerdos lucenses III - Nikogogol

Pasado el tiempo, entre sorbo y sorbo de cerveza, acabé el capítulo, de los tantos que leí. Abigarrado entre los brazos de la silla metálica, llegome la hora pedir la cuenta de mis cuitas y volver al escenario de la calle. No es que me hubiese ido de tal devenir, pero allí sentado, eran los otros lo que deambulaban por éste y yo sentíame como en platea, mero observador de lo que ocurre en las tablas. Así que recuperé bríos y lanceme nuevamente a recorrer esas calles empedradas de la ilustre villa. El sol seguía sus lances entre las múltiples nubes de diversos claroscuros, que iban de la blancura algodonada a la negrura circunspecta. De lo cual deduje que sería buena nueva seguir mis pasos por la zona intramura, donde las callejas angostas se entrecruzaban dando lugar a variopintos rincones donde uno sueña con esos escarceos estudiantiles que aún siguen patentes en la retina de este aprendiz de todo y maestro de nada.

Apenas había empezado con mis primeros pasos y, heme aquí, que mis ojos se centran en una dirección muy concreta. Más que el sentido de la vista, simulaba al del olfato pues cual podenco en busca de presa, mis andares dirigieronse directamente al escaparate de una librería justo en uno de los vértices de la plaza. No era de las ilustradas, refierome a aquellas situadas en la capital de reino, en plena Gran Vía, pero mi olfato no me engaña y allí había donde morder.  Y sin más tiempo que perder, catalogué aquellas primicias que destacaban y adentreme en la misma. Nada más entrar, acercose una señora y preguntome  muy educadamente que deseaba. Difícil pregunta pues si le dijera la verdad, oler, palpar, manosear, acariciar, ojear los libros, posiblemente me hubiera tomado por un cliente no deseado y me hubiera invitado a proseguir camino. Con cualquier escusa, y gracias al acento no nativo, dejome  pasar e invitome a subir al primer piso donde estaba realmente al librería dedicada a los libros, pues la planta baja era más bien papelería. Ascendí por las escaleras y encontreme con otra señora, con ordenador al ristre, que volviome a preguntar y yo  balbucear. Y bien ella que no daba con aquello que sugería, solicitó ayuda a otra compañera. Estaba en un gineceo, atendido por damas encantadoras que se deshacían en atención y amabilidad. Lo malo era que mi interés radicaba en estar solo, y ellas en complacerme con sus explicaciones.  Ni que decir tiene que uno en esas situaciones tiene que apencar, y lidiar la  situación como mejor puede. Al final, y ante la imposibilidad de mis peticiones, su profesionalidad, experiencia y sentido femenino, dieronse cuenta que se encontraban ante una persona que sufría el mal de los libros, un enamorado de los mismos, y por lo tanto mal comprador ocasional.  Deambulé a mis anchas, bajo la atenta mirada de las guardianas del conocimiento.  La sutiliza de las mismas llegó cuando hicieron gala de su buen hacer, apagando y encendiendo las luces, señal inequívoca de la hora del cierre. No hizo falta comentario, estábamos entre amantes de libros y entendíamos perfectamente.  Al salir del establecimiento, quedome sensación de buen gusto,  y de seguir vagando por las pequeñas arterías de alrededor.  Con premura mis piernas dieron rienda suelta al reanudar de la aventura, a través del laberinto de pasajes, multiplicaba cada intersección con alternativas a elegir, y sin mayor dilación encontreme con una que me conduciría a otra devoción.

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Podéis encontrar más trabajos de Nikogogol en su página de Flickr.

Recuerdos lucenses II, por NikoGogol

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Recuerdos lucenses II - NikoGogol

Al salir del templo, una tenue luz blanquecina, abriéndose paso a través de las nubes, incidió en mi rostro. Su suave calor inundó mis poros ávidos de esa caricia, dándome nuevos brios para seguir esa caminata iniciada a media tarde. Decidí seguir a la vera de las alturas, dando en cuatro pasos con la plaza mayor, centro neurálgico de la población capitalina a la hora del no saber quehacer. Las terrazas de las cafeterías, en el margen izquierdo  por mi acceso, invitaban a una reposada tertulia. Acerqueme pues a las mismas, más con ánimo de observar que de sentarme. Sí, por allí pululaban las nobles damas con sus apergaminados rostros ataviadas con sus ropas para la ocasión. También tenían compañía masculina, que con obligado menester cumplían con el requisito impuesto por el decoro. Lo cual no quiere decir que compartieran plática e indulgencias, no es el estilo. Más bien había una línea de separación muy visible, pero compartida por ambos bandos, donde la etiqueta del buen gusto no dejaba resquicio para la indulgencia. Refiérome pues a esa separación, por sexos, tanto de continente como de contenidos. Si bien, ellas cuantitativamente hablando eran más numerosas, posiblemente en su condición de viudas, por los imperantes tonos oscuros de las prendas, llevándose más aquellas que se denominan de alivio, donde los colores grises, en sus diferentes variantes cromáticas predominaban. Acerqueme pues, sin intención de sentarme aún, más bien de seguir dejándome llevar,  que es otra manera de ir sumergiéndome en ese ambiente como uno más de los parroquianos. Observé otros grupos de paseantes que acapararon mi  interés, más por una deformación profesional que por  una llamativa conducta de las personas mencionadas. Por un lado estaban ellas, con sus cochecitos, sentadas en los bancos de la plaza. Alguna estaba acompañada de su pareja, bien carnal, bien filial, pero la mayoría gozaban de la compañía de su retoño, y de la parada circunstancial de otra recién parida. Todo un ritual, la parada, la contemplación de los susodichos en sus cochecitos correspondientes, y ¡como no!, la observancia de los cuerpos respectivos en busca de los estragos causados por la madre naturaleza. Todo ello acompañado de unas indulgentes sonrisas, y amables  palabras. El paseo podía continuar, o en su caso, la parada se postergaba durante el tiempo necesario para ser invitada a tomar asiento en el citado banco. Entonces, la charla tenía dos puntos centrales de continuación, el vástago y sus circunstancias – lo que duerme, cómo duerme, cuánto duerme, lo que come, cómo come, cuánto come, sus caquitas, sus eructos … – o su cuerpo – los quilos que engordé, la dieta que empecé … -. Otro grupo lo conformaban los turistas, un pequeño pero nutrido grupo de personajes multicolores, con sus paraguas de mano, sus chubasqueros, y sus mapas. Y un tercer grupo, lo comprendían jóvenes a la búsqueda de sus compañeros de fatigas, si bien algunos ya habían llegado al destino que la cita les había asignado, y sus voces proclamaban con esa virulencia que caracteriza el paso de ese tramo de la vida, la vitalidad exuberante que desprenden. Luego estábamos el resto, alguna pareja, algún paseante accidental que con prisas atravesaba la plaza, y evidentemente, un servidor, que como algún otro, completábamos ese crisol de especímenes circulantes.

Y andando más de una vuelta por el perímetro del rectángulo que dibujaba la  plaza mayor, con su casa consistorial presidiendo la forma poligonal y equidistante de la catedral, llegó la hora de sentarme, acogiendo a este cuerpo una sencilla silla. No bien  hube tomado posesión temporal del preciado aposento,  llegome una virtuosa zagala con un platillo lleno de patatas de fritas y una sonrisa benevolente. Tenía bien aprendida la lección de cómo agasajar al cliente, y preguntome con voz melosa lo que quería tomar. Era bien a las claras herencia de tierras lejanas, allende de los mares, no sólo por su cantarina voz, sino por ese precioso color miel de las montañas altas que cogen tonos oscuros, y que destacan por su sabor intenso y dulce.  Y ahí halleme bien atendido, gozoso de la compañía circundante, y juicioso a la hora de abordar con deleite mi interrumpida lectura. Ni que decir tiene, a estas alturas, que la pertinaz lluvia había dejado de asomarse, aunque los previsores empresarios hosteleros tenían desplegados sus toldos, que tanto servía para obstaculizar el descenso de un sol molesto para sus clientes, como para ese orbayu ramplón que no para, y que espanta a los ocupantes de la ampliación del aforo del local.

Datos de interés:

Esta entrada es la continuación de la anterior fotografía que nos mando NikoGogol (http://www.fotojuglar.com/?p=205). El autor nos comenta que son el resultado de su experiencia, en forma de relato, de unos días por la provincia de Lugo.

Recuerdos lucenses, por NikoGogol

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Una tarde gris plomizo se adueñó de la milenaria ciudad provinciana, con su imperturbable muralla romana, amenazando mi cansino paseo por tan longevo lugar. Envuelto en pensamientos tardíos, mas no por ello olvidados, sigo paso a paso estando, sin más pretensiones que la de dejarme llevar. Cabizbajo, leo y releo aquellos pasajes que tratan de despejar mi obstinada falta de claridad. De vez en cuando levanto la vista y me dejo sobornar por la serenidad del paisaje. Tejados de pizarra que se confunden con la templanza del color del cielo, casas semiderruidas me descubren sus entrañas allá donde antes fueron brasas que despendían el único calor, sueños de una gente que vivió bajo la sombra de poniente ante esas piedras amontonadas en una verticalidad que protegía y, a la vez, separaban los dos pulsos de la ciudad. Un golpe de viento iracundo trata de arrebatarme de golpe mi sombrero, imperturbablemente anclado en mi cabeza, sin conseguir tal hazaña. No deja de ser un aviso de lo que se avecina en lontananza, es momento de apresurar el paso y buscar refugio, abandonando por un momento el deseo de continuar con mis pasos desdibujados el camino trazado por las huestes de aquellos soldados que dejaron su huella en esta urbe.

La románica estancia de culto se vislumbra en mi camino, noble aposento cargado de mil y una historias de aquellos peregrinos que buscan descanso en su interior. Si bien yo estoy lejos de ser uno de ellos, es menester por mi parte adentrarme en su jalonado vientre y admirar aquellas maravillas que aguardan para aquél que se aventura a visitarla. Avanzo con paso firme hacia mi nuevo destino, azuzado por los dioses del olimpo que me gritan y sonríen, ante mi pusilánime intento de no dejarme arrastrar por su furia. Esa irrupción, lejos de lastrar mis meditaciones, las empujan hacia otras travesías que se enriquecen con el recinto que me abre sus puertas. Y sentado en la bancada del fondo, bajo la bóveda de cañón y arista, después de introducirme por la puerta norte, bajo el cobijo de un porche gótico, admiro embelesado aquellos pequeños tesoros que están ocultos a la mirada del profano. Escucho como las gotas de lluvia irrumpen en el silencio de la catedral, golpean sus cristaleras mostrando otros matices hasta ahora no percibidos, y sin darme cuenta, esa luz pobre que apenas traspasa el vidrio intenta abrirse paso por la densa oscuridad. Se posa dócilmente en medio del tímpano, haciendo suaves arrumacos al bello pantocrátor que a golpe de cincel está inscrito en su mandorla, dibujan un juego de sombras que me subyugan arrastrándome a visiones pretéritas donde contemplo las andanzas, venturas y desventuras del siglo X. El tiempo pasa afuera, aquí no tiene vigencia, está detenido por la fuerza de la imaginación capaz de viajar a lo largo de los siglos. Mientras la vieja sotana, negra, se alza y se encamina por la escalera hacia el púlpito, yo continúo en mi peculiar oración, sin molestar, a la espera del comienzo de la inminente homilía. Como viejos amigos, nos respetamos, sin ánimo de convencer, preferimos disfrutar del momento, y aguardamos callados el inicio del ritual, cada uno el suyo.

Datos sobre la foto y el autor:

Lectura, música y fotografía… pasiones que se entremezclan y surgen algo que llena espacios nuevos.

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