
Pasado el tiempo, entre sorbo y sorbo de cerveza, acabé el capítulo, de los tantos que leí. Abigarrado entre los brazos de la silla metálica, llegome la hora pedir la cuenta de mis cuitas y volver al escenario de la calle. No es que me hubiese ido de tal devenir, pero allí sentado, eran los otros lo que deambulaban por éste y yo sentíame como en platea, mero observador de lo que ocurre en las tablas. Así que recuperé bríos y lanceme nuevamente a recorrer esas calles empedradas de la ilustre villa. El sol seguía sus lances entre las múltiples nubes de diversos claroscuros, que iban de la blancura algodonada a la negrura circunspecta. De lo cual deduje que sería buena nueva seguir mis pasos por la zona intramura, donde las callejas angostas se entrecruzaban dando lugar a variopintos rincones donde uno sueña con esos escarceos estudiantiles que aún siguen patentes en la retina de este aprendiz de todo y maestro de nada.
Apenas había empezado con mis primeros pasos y, heme aquí, que mis ojos se centran en una dirección muy concreta. Más que el sentido de la vista, simulaba al del olfato pues cual podenco en busca de presa, mis andares dirigieronse directamente al escaparate de una librería justo en uno de los vértices de la plaza. No era de las ilustradas, refierome a aquellas situadas en la capital de reino, en plena Gran Vía, pero mi olfato no me engaña y allí había donde morder. Y sin más tiempo que perder, catalogué aquellas primicias que destacaban y adentreme en la misma. Nada más entrar, acercose una señora y preguntome muy educadamente que deseaba. Difícil pregunta pues si le dijera la verdad, oler, palpar, manosear, acariciar, ojear los libros, posiblemente me hubiera tomado por un cliente no deseado y me hubiera invitado a proseguir camino. Con cualquier escusa, y gracias al acento no nativo, dejome pasar e invitome a subir al primer piso donde estaba realmente al librería dedicada a los libros, pues la planta baja era más bien papelería. Ascendí por las escaleras y encontreme con otra señora, con ordenador al ristre, que volviome a preguntar y yo balbucear. Y bien ella que no daba con aquello que sugería, solicitó ayuda a otra compañera. Estaba en un gineceo, atendido por damas encantadoras que se deshacían en atención y amabilidad. Lo malo era que mi interés radicaba en estar solo, y ellas en complacerme con sus explicaciones. Ni que decir tiene que uno en esas situaciones tiene que apencar, y lidiar la situación como mejor puede. Al final, y ante la imposibilidad de mis peticiones, su profesionalidad, experiencia y sentido femenino, dieronse cuenta que se encontraban ante una persona que sufría el mal de los libros, un enamorado de los mismos, y por lo tanto mal comprador ocasional. Deambulé a mis anchas, bajo la atenta mirada de las guardianas del conocimiento. La sutiliza de las mismas llegó cuando hicieron gala de su buen hacer, apagando y encendiendo las luces, señal inequívoca de la hora del cierre. No hizo falta comentario, estábamos entre amantes de libros y entendíamos perfectamente. Al salir del establecimiento, quedome sensación de buen gusto, y de seguir vagando por las pequeñas arterías de alrededor. Con premura mis piernas dieron rienda suelta al reanudar de la aventura, a través del laberinto de pasajes, multiplicaba cada intersección con alternativas a elegir, y sin mayor dilación encontreme con una que me conduciría a otra devoción.
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